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EL SANTO VIACRUCIS O EL CAMINO DE LA CRUZ (clic en la pintura)

EL SANTO VIACRUCIS O EL CAMINO DE LA CRUZ (clic en la pintura)
"Vía Crucis" del latín "Camino de la Cruz". También conocido como "Estaciones de la Cruz" y "Vía Dolorosa". Se trata de un acto de piedad, un camino de oración que busca con la meditación de la pasión y muerte de Jesucristo en su camino al Calvario. El camino se representa con una serie de catorce imágenes de la Pasión, denominadas estaciones, correspondientes a incidentes particulares que, según la tradición cristiana, Jesús sufrió por la salvación de la humanidad basados en los relatos evangélicos y la tradición. También se llama Viacrucis al recorrido de cruces que señalan un camino o una ruta donde se puede realizar este ejercicio piadoso.

VISITA AL SANTISIMO SACRAMENTO EN VIVO SANTUARIO NACIONAL SAN MAXIMILIANO KOLBE (clic en la foto)

VISITA AL SANTISIMO SACRAMENTO EN VIVO SANTUARIO NACIONAL SAN MAXIMILIANO KOLBE (clic en la foto)
¡DEJAME VER TU GRANDEZA, SEÑOR! Señor: me acaricias con la brisa, me besas con con la luz del sol, me meces en la olas de TUS playas, me animas con las gotas de la lluvia, me consuelas con TU PALABRA, me perdonas en el Sacramento de la Reconciliación y me das vida con la Eucaristía. ¡SI SUPIERAMOS LA GRANDEZA DEL SAGRARIO! Te das por amor en la Eucaristía, Te inmolas constantemente por mí. Aumenta mi amor por TI, y dejame ver TU GRANDEZA y sentir TU AMOR. ¡AMEN!

LA HORA SANTA PADRE MARTIN DAVALOS (clic en la foto)

LA HORA SANTA PADRE MARTIN DAVALOS (clic en la foto)
Estoy delante Tuyo, Espíritu de Amor, que eres fuego inextinguible y quiero permanecer en tu adorable presencia, quiero reparar mis culpas, renovarme en el fervor de mi consagración y entregarte mi homenaje de alabanza y adoración. Jesús bendito, estoy frente a Ti y quiero arrancar a Tu Divino Corazón innumerables gracias para mí y para todas las almas, para la Santa Iglesia, tus sacerdotes y religiosos. Permite, oh Jesús, que estas horas sean verdaderamente horas de intimidad, horas de amor en las cuales me sea dado recibir todas las gracias que Tu Corazón divino me tiene reservadas.

20 DE NOVIEMBRE FIESTA DE CRISTO REY

"MUSICA NACIONAL, POPULAR, FOLKLORICA Y TESTIMONIAL DE NICARAGUA"

CORN ISLAND NICARAGUA 2014 (clic en la imagen)

CORN ISLAND NICARAGUA 2014 (clic en la imagen)
LITTLE CORN ISLAND ES EL PARAISO CARIBEÑOS DESDE 1950 - LITTLE CORN ISLAND IS 1950's CARIBBEAN PARADISE.

SANTISIMO SACRAMENTO, CALENDARIO LITURGICO, REZO DE ROSARIOS, ORACIONES, (clic en el dibujo)

SANTISIMO SACRAMENTO, CALENDARIO  LITURGICO, REZO DE ROSARIOS, ORACIONES, (clic en el dibujo)
AQUI VAS A ENCONTRAR SOBRE NUESTRA FE CATOLICA. TE SUGUIERO VISITAR CUANTO MAS PODAS LA HORA SANTA EN ADORACION AL SANTISIMO SACRAMENTO DEL ALTAR QUE ESTA ARRIBA.

FIESTAS MOVIBLES LITURGIA CATOLICA HASTA EL AÑO 2500 (clic en la imagen)

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MIERCOLES DE CENIZA - DOMINGO DE RAMOS - DOMINGO DE RESURRECCION - ASCENSION DEL SEÑOR - LUNES DE PENTECOSTES - CORPUS CHRISTI

HURACANES - TORMENTAS TROPICALES - TIFONES - CICLONES

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Los conceptos de tormenta tropical,ciclón,Huracán y Tifón, aunque diferentes, describen el mismo tipo de desastre. Estos sistemas se denominan "ciclón" en el Océano Índico y el Océano Pacífico sur, "huracán" en el Océano Atlántico occidental y el Océano Pacífico oriental, y "tifón" en el Océano Pacífico occidental.

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GRADUANDOS IV P.L.S 1964-1965. DE IZQUIERDA A DERECHA. PRIMERA FILA: FRANCISCO JOSE MAYORGA VALLADARES, FERNANDO QUINTANILLA ARGEÑAL, ABSALON GUTIERREZ PAIZ, MANUEL ALEJANDRO MADRIZ MARIN, DENIS ARAUZ MADRIZ, RAMIRO ORTIZ MAYORGA, SILVIO VIJIL O. SEGUNDA FILA: MYNOR ELIECER GARCIA GUEVARA, FERNANDO DELGADO MOLINA, GUSTAVO ADOLFO ZAPATA RODRIGUEZ, ORION BALDIZON SEQUEIRA, OSCAR OCON MAYORGA, ERWIN ESQUIVEL SILVA, ROBERTO PADILLA. TERCERA FILA: ORLANDO GUTIERREZ HUETE, MIGUEL GUERRERO REYES, BOANERGES FLORES CASTILLO, FRANCISCO JOSE PEREZ MURILLO, PEDRO JOSE TERAN ESQUIVEL, SANDOR MAYORGA PEREZ, MARIO ALVAREZ ROMERO, DENIS VICENTE PEREZ VALLEJOS, AGUSTIN VIJIL GUTIERREZ, FRANCISCO BONILLA MIRANDA. CUARTA FILA: GUILLERMO AGUILAR WAGNER, SERGIO BENITO DELGADO MIRANDA, SILVIO LUND GUERRERO, ARISTIDES SANCHEZ RODRIGUEZ, EDUARDO BONILLA MARTINEZ, FERNANDO JOSE BALDIZON LOPEZ.

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Monday, November 21, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 14 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE

EL CIELO
Hay que distinguir la gloria accidental del Cielo de la gloria esencial.

Y en la gloria accidental, hay que establecer un subdivisión: primero la gloria accidental del cuerpo, y luego la gloria accidental del alma.

LA GLORIA ACCIDENTAL DEL CUERPO
 
La gloria del cuerpo no será más que una consecuencia, una redundancia de la gloria del alma.

En la persona humana, lo principal es el alma; el cuerpo es una cosa completamente secundaria. El alma puede vivir, y vive perfectamente, sin el cuerpo; el cuerpo, en cambio, no puede vivir sin el alma.

El alma bienaventurada, incandescente de gloria por la visión beatífica de que goza ya actualmente, en el momento de ponerse en contacto con su cuerpo al producirse el hecho colosal de la resurrección de la carne, le comunicará ipso facto su propia bienaventuranza, según el grado de gloria que Dios le comunique.
 
El cuerpo glorioso tendrá cuatro cualidades o dotes maravillosas: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.

En primer lugar la claridad. Los cuerpos gloriosos serán resplandecientes de luz.
 
El cuerpo humano, aún acá en la tierra, es una verdadera obra de arte. Pues, ¿qué será el cuerpo espiritualizado, el cuerpo glorioso radiante de luz, mucho más resplandeciente que la del sol?
 
La segunda cualidad del cuerpo glorioso es la agilidad. Ello quiere decir que los bienaventurados podrán trasladarse corporalmente a distancias remotísimas casi instantáneamente.

Casi, porque, como advierte Santo Tomás de Aquino, todo movimiento, por rapidísimo que se le suponga, requiere indispensablemente tres instantes: el de abandonar el punto de partida; el de adelantarse hacia el punto de llegada, y el de llegar efectivamente al término. Y eso no puede hacerse de ninguna manera en un solo instante, filosóficamente considerado; tiene que transcurrir algún tiempo, aunque sea absolutamente imperceptible.
 
Pero ese tiempo tan imperceptible equivale, prácticamente, a la velocidad del pensamiento.

En el Cielo, el cuerpo acompañará al pensamiento a cualquier parte donde quiera trasladarse, por remotísimo que esté.
 
La tercera cualidad es la impasibilidad. Eso significa que el cuerpo glorificado es absolutamente invulnerable al dolor y al sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones. No le afecta ni puede afectar el frío, el calor, ni ningún otro agente desagradable.

Las enfermedades no pueden hacer presa en él. El cuerpo del bienaventurado no está preparado para padecer, es absolutamente invulnerable al dolor.
 
No es que sea insensible en absoluto. Al contrario, es sensibilísimo y está maravillosamente preparado para el placer: gozará de deleites inefables, intensísimos. Pero es del todo insensible al dolor.
 
La cuarta cualidad es la sutileza. Dice el apóstol San Pablo que “el cuerpo se siembra animal y resucitará espiritual” (I Cor 15, 44). No quiere decir que se transformará en espíritu; seguirá siendo corporal, pero quedará como espiritualizado: totalmente dominado, regido y gobernado por el alma, que le manejará a su gusto sin que le ofrezca la menor resistencia.

Santo Tomás de Aquino piensa que la sutileza es el dominio total y absoluto del alma sobre el cuerpo, de tal manera, que lo tendrá totalmente sometido a sus órdenes.
 
Es cierto, dice el Doctor Angélico, que los bienaventurados podrán atravesar los cuerpos; pero eso será, no en virtud de la sutileza, sino de una nueva cualidad sobreañadida, de tipo milagroso, que estará totalmente a disposición de ellos.
 
De manera, que nuestro cuerpo entero, con todos sus sentidos, estará como sumergido en un océano inefable de felicidad, de deleites inenarrables. Y esto constituye la gloria accidental del cuerpo; lo que no tiene importancia, lo que no vale nada, lo que podría desaparecer sin que sufriera el menor menoscabo la gloria esencial del Cielo.
 
Mil veces por encima de la gloria del cuerpo está la gloria del alma. El alma vale mucho más que el cuerpo.
 
¡La gloria del alma! Vayamos por partes, de menor a mayor.

LA GLORIA ACCIDENTAL DEL ALMA 
 
Empecemos por los goces de la amistad. En el Cielo se reanudará para siempre aquella amistad interrumpida bruscamente. Los amigos volverán a abrazarse para no separarse jamás.
 
La amistad es una cosa muy íntima, muy entrañable, no cabe duda; pero por encima de ella están los lazos de la sangre, los vínculos familiares. ¡Qué abrazo nos daremos en el Cielo! ¡La familia reconstruida para siempre! Se acabaron las separaciones: ¡para siempre unidos!
 
Pero quizá a alguno de vosotros se le ocurra preguntar: ¿y si al llegar al Cielo nos encontramos con que falta algún miembro de la familia? ¿Cómo será posible que seamos felices sabiendo que uno de nuestros seres queridos se ha condenado para toda la eternidad?
 
Esta pregunta terrible no puede tener más que una sola contestación: en el Cielo cambiará por completo nuestra mentalidad. Estaremos totalmente identificados con los planes de Dios. Adoraremos su misericordia, pero también su justicia inexorable. En este mundo, con nuestra mentalidad actual, es imposible comprender estas cosas; pero en el Cielo cambiará por completo nuestra mentalidad, y, aunque falte un miembro de nuestra familia, no disminuirá por ello nuestra dicha; seremos inmensamente felices de todas formas.
 
Por encima de los goces de la familia reconstruida experimentará nuestra alma alegrías inefables con la amistad y trato con los Santos.
 
Allí veremos clarísimamente que no hay más fuente de bondad, de belleza, de amabilidad, de felicidad que Dios Nuestro Señor, en el que se concentra la plenitud total del Ser. Y, en consecuencia lógica, aquellos seres, aquellas criaturas que estarán más cerca de Dios contribuirán a nuestra felicidad más todavía que los miembros de nuestra propia familia.
 
De manera que el contacto y la compañía de los Santos –que están más cerca de Dios– nos producirá un gozo mucho más intenso todavía que el contacto y la compañía de nuestros propios familiares. Que cada uno piense ahora en los Santos de su mayor devoción e imagine el gozo que experimentará al contemplarles resplandecientes de luz en el Cielo y entablar amistad íntima con ellos.

Pero más todavía que por el contacto y amistad con los Santos, quedará beatificada nuestra alma con la contemplación de los Ángeles de Dios, criatura bellísimas, resplandecientes de luz y de gloria.
 
La contemplación del mundo angélico, con toda su infinita variedad, será un espectáculo grandioso.
 
Mil veces por encima de los ángeles, la contemplación de la que es Reina y Soberana de todos ellos nos embriagará de una felicidad inefable.
 
¡Qué será cuando la veamos personalmente a Ella misma “vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” como la vio el vidente del Apocalipsis! Nos vamos a volver locos de alegría cuando caigamos a sus pies y besemos sus plantas virginales y nos atraiga hacia Sí para darnos el abrazo de Madre y sintamos su Corazón Inmaculado latiendo junto al nuestro para toda la eternidad.
 
Pero ¿quién podrá describir lo que experimentaremos cuando nos encontremos en presencia de Nuestro Señor Jesucristo, cuando veamos cara a cara al Redentor del mundo, con los cinco luceros de sus llagas en sus manos, en sus pies y en su divino Corazón?
 
El gozo que experimentaremos entonces es absolutamente indescriptible.

LA GLORIA ESENCIAL
 
Lo que constituye la gloria esencial del Cielo es lo que llamamos la visión beatífica, o sea, la contemplación facial, cara a cara, de la esencia misma de Dios.
 
Dios está en todas partes, en todo cuanto existe, en todos los seres y lugares de la creación, por esencia, presencia y potencia.

Dios lo llena todo. Dios es inmenso. Está dentro de nosotros y delante mismo de nuestros ojos, pero sin que le podamos ver en este mundo.
 
Para ver a Dios hace falta una luz especial, especialísima, que recibe en teología el nombre de lumen gloriae: la luz de la gloria.
 
Lumen gloriae no es otra cosa que un hábito intelectivo sobrenatural que refuerza la potencia cognoscitiva del entendimiento para que pueda ponerse en contacto directo con la divinidad, con la esencia misma de Dios, haciendo posible la visión beatífica de la misma.
 
Si Dios encendiese ahora mismo en nuestro entendimiento ese resplandor de la gloria, lumen gloriae, aquí mismo contemplaríamos la esencia divina, gozaríamos en el acto de la visión beatífica, porque Dios está en todas partes, y si ahora no le vemos es porque nos falta ese lumen gloriae, sencillamente porque está apagada la luz.

¿Y qué veremos cuando se encienda en nuestro entendimiento lumen gloriae al entrar en el Cielo? Es imposible describirlo. El apóstol San Pablo, en un éxtasis inefable, fue arrebatado hasta el Cielo y contempló la divina esencia por una comunicación transitoria del lumen gloriae, como explica el Doctor Angélico. Y cuando volvió en sí, o sea, cuando se le retiró el lumen gloriae, no supo decir absolutamente nada (II Cor., XII, 4) porque: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el entendimiento humano es capaz de comprender lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (I Cor., II, 9).
 
San Agustín, y detrás de él toda la teología católica, nos enseña que la gloria esencial del Cielo se constituye por tres actos fundamentales: la visión, el amor y el goce beatífico.
 
La visión ante todo. Contemplaremos cara a cara a Dios.
 
Y en Él contemplaremos todo lo que existe en el mundo: la creación universal entera, con la infinita variedad de mundos y de seres posibles que Dios podría llamar a la existencia sacándoles de la nada.
 
No los veremos todos en absoluto o de una manera exhaustiva, porque esto equivaldría a abarcar al mismo Dios, y el entendimiento creado ni en el Cielo siquiera puede abarcar a Dios.
 
Y ese espectáculo fantástico durará eternamente, sin que nunca podamos agotarlo, sin que se produzca en nuestro espíritu el menor cansancio por la continuación incesante de la visión.
 
El segundo elemento de la gloria esencial del Cielo es el amor. Amaremos a Dios con toda nuestra alma, más que a nosotros mismos.
 
Solamente en el Cielo cumpliremos en toda su extensión el primer mandamiento de la Ley de Dios, que está formulado en la Sagrada Escritura de la siguiente forma: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.
 
Solamente en el Cielo cumpliremos este primer mandamiento con toda perfección y, en su cumplimiento, encontraremos la felicidad plena y saciativa de nuestro corazón.
En tercer lugar, en el Cielo gozaremos de Dios. Nos hundiremos en el piélago (lo que por su abundancia es difícil de contar) insondable de la divinidad con deleites inefables, imposibles de describir.
 
Todo cuanto puede apetecer y llenar el corazón humano, pero en grado infinito.
 
Es imposible imaginarse la felicidad de la gloria. "El Cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CEC 1024). Será la culminación de todos los bienes mesiánicos, de los que dice San Pablo que "ni el ojo vió, ni el oído escuchó, ni en cabeza humana cabe el pensar lo que Dios tiene preparado para los que le aman" (1Corintios 2,9). 
 
Entrevista en el cielo a San Pablo
eress...TU

Saturday, November 12, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 13 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE
 
 
EL INFIERNO 3
 
El hecho, pues, es indiscutible para todo católico.
 
Lo arduo es explicar el modo con que el fuego del infierno atormenta a las almas.
 
Santo Tomás, y con él la mayoría de los teólogos, explica la acción del fuego sobre las almas a modo de aprisionamiento (per modum alligationis) que sujeta y retiene a las almas en un determinado lugar contra la libre inclinación de su voluntad. Esto las atormenta físicamente, y no sólo por mera aprehensión intelectual.
 
Según esta explicación, el fuego del infierno recibe, como instrumento de la justicia divina, la virtud de retener, de encerrar en sí mismo el alma del condenado y mantenerla aplicada a un determinado lugar, encadenándola -por así decirlo- con una barrera infranqueable.
 
El fuego se convierte de este modo en un instrumento físico de tortura para el alma, haciéndole imposible el libre ejercicio de su voluntad e impidiéndole obrar donde quiera y como quiera.
 
Así se explican y justifican perfectamente las expresiones bíblicas que presentan al infierno como una cárcel de las almas.
 
Además del fuego real y corpóreo, la pena de sentido abarca otro conjunto de tormentos infernales. (Sentencia común en teología.)
 
Estos tormentos son:
 
1. El lugar mismo de infierno: La Sagrada Escritura lo presenta como un lugar de tormentos, estanque de fuego, estanque ardiendo con fuego y azufre, camino de fuego, gehenna de fuego, lugar donde el gusano no muere y el fuego no se extingue, tinieblas exteriores, lugar de llanto y crujir de dientes, etc.
 
Estas expresiones muestran bien a las claras que se trata de un lugar lleno de horror, calamidades y miserias.
 
2. La compañía de los demonios y de los demás condenados: En virtud de la degradación indecible, del estado perpetuo de odio, de los suplicios horribles de los habitantes del infierno, su compañía y sociedad continua, eterna, será por sí misma una tortura espantosa.
 
En los condenados estará perpetuamente contrariada esta necesidad de la naturaleza creada que se llama la sociabilidad, fuente acá en la tierra de tantos bienes y alegrías en una sociedad de gente buena y honrada, y de tantos enojos y disgustos en una sociedad odiosa y depravada.
 
3. El tormento de los sentidos corporales internos y externos: Así como de la bienaventuranza del alma redundará en el cielo sobre los cuerpos gloriosos una felicidad inefable, así en los condenados la magnitud de la miseria que albergará el alma refluirá sobre el mismo cuerpo en proporción al grado de su condenación.
 
Los sentidos internos estarán sujetos a imaginaciones y recuerdos más o menos torturantes. Y los sentidos externos experimentarán a su vez la privación de todo cuanto pudiera recrearles. Nada de luz, de armonías, de refrigerios, de suaves olores, de sensaciones suaves, de reposo corporal; sino todo lo contrario, aunque en proporciones muy variadas según los grados de culpabilidad.
 
4. El gusano roedor de la conciencia: Los Santos Padres y los teólogos están todos de acuerdo en que con la expresión el gusano que no muere, que se lee en cuatro pasajes de la Sagrada Escritura, se alude al remordimiento que tortura a los condenados.
 
Pertenece, en parte, a la pena de daño, como dolor de haber perdido a Dios por la propia culpa; y a la pena de sentido, como amargura por el recuerdo del placer pecaminoso, tan fugaz y desordenado, que les mereció el infierno para siempre.
 
«Se llama gusano -explica Santo Tomás- en cuanto procede de la podredumbre del pecado y aflige al alma como el gusano corporal, nacido de la putrefacción, corroe al cadáver».
 
De este gusano nacen la desesperación, el odio y el furor, la blasfemia y maldición de Dios, de los santos, de sí mismos y de todo cuanto pertenece a Dios.
 
5. El llanto y crujir de dientes: Santo Tomás explica cómo los dolores infernales no podrán manifestarse al exterior con lágrimas, ya que, después de la resurrección de la carne, el cuerpo humano no segregará ninguna clase de humor. Por donde las expresiones bíblicas allí habrá llanto y crujir de dientes (Mt. 15,50, etc.) hay que interpretarlas en sentido metafórico. El conjunto de la tradición patrística y teológica ha visto en el crujir de dientes un símbolo de la rabia y desesperación de los condenados.
 
6. Las «tinieblas exteriores»: En realidad, esta expresión, que encontramos repetidas veces en el Evangelio (Mt. 8,12; 22,13; 25,30, etc.), más que a una nueva forma de pena de sentido, alude simbólicamente a la pena de daño o exclusión eterna del festín de la gloria.
 
LA ETERNIDAD
 
Pero lo más espantoso del Infierno es la tercera nota, la tercera característica: su eternidad. El Infierno es eterno.
 
Imaginemos lo que será un tormento y desesperación eternos.
 
La eternidad no tiene nada que ver con el tiempo, no tiene relación alguna con él.
 
En la esfera del tiempo pasarán trillonadas de siglos y la eternidad seguirá intacta, inmóvil, fosilizada en un presente siempre igual.
 
En la eternidad no hay días, ni semanas, ni meses, ni años, ni siglos. Es un instante petrificado, es como un reloj parado, que no transcurrirá jamás, aunque en la esfera del tiempo transcurran millones de siglos.
 
El instante eterno seguirá petrificado.
 
El Infierno es eterno. ¡Lo ha dicho Cristo! Poco importa que los incrédulos se rían. Sus burlas y carcajadas no lograrán cambiar jamás la terrible realidad de las cosas.
 
¿Cómo puede compaginarse esa verdad tan terrible con el amor y la misericordia infinita de Dios, proclamados con tanta claridad e insistencia en las Sagradas Escrituras?
 
Es cierto que en la Sagrada Escritura se proclama clarísimamente la misericordia infinita de Dios; pero con no menor claridad se proclama también el dogma terrible del Infierno.
 
No deja de ser curioso que no nos quepa en la cabeza el dogma terrible del Infierno, y nos quepan, sin dificultad algunas, otras cosas incomparablemente más serias todavía.
 
Nos caben en la cabeza cosas infinitamente más grandes, porque no hacen referencia a castigos y penas personales; y no nos caben otras cosas infinitamente más pequeñas cuando se trata de castigar nuestros propios crímenes y pecados.
 
¿Pero no es Dios infinitamente misericordioso?
 
Precisamente porque Dios es infinitamente misericordioso espera con tanta paciencia que se arrepienta el pecador y le perdona en el acto, apenas inicia un movimiento de retorno y de arrepentimiento. Dios no rechaza jamás, jamás, al pecador contrito y humillado. No se cansa jamás de perdonar al pecador arrepentido, porque es infinitamente misericordioso, precisamente por eso.
 
Pero cuando voluntariamente, obstinadamente, durante su vida y a la hora de la muerte, el pecador rechaza definitivamente a Dios, ¡sería el colmo de la inmoralidad echarle a Dios la culpa de la condenación eterna de ese malvado y perverso pecador!
 
Hay otra objeción que ponen algunos: Está bien que se castigue al culpable; pero como Dios sabe todo lo que va a ocurrir en el futuro, ¿por qué crea a los que sabe que se han de condenar?
 
Esta nueva objeción es absurda e intolerable. No es Dios quien condena al pecador. Es el pecador quien rechaza obstinadamente el perdón que Dios le ofrece generosamente.

Es doctrina católica que Dios quiere sinceramente que todos los hombres se salven. A nadie predestina al Infierno. Ahí está Cristo crucificado para quitarnos toda duda sobre esto. Ahí está delante del crucifijo la Virgen de los Dolores.
 
Dios quiere que todos los hombres se salven; pero, cuando obstinadamente, con toda sangre fría, a sabiendas, se pisotea la Sangre de Cristo y los dolores de María, el colmo del cinismo, el colmo de la inmoralidad sería preguntar por qué Dios ha creado a aquel hombre sabiendo que se iba a condenar. 
 
DESIGUALDAD DE LAS PENAS DEL INFIERNO
 
Al hablar de las penas de daño y de sentido, ya hemos insinuado que la intensidad de las mismas, al menos en la apreciación subjetiva de los condenados, será muy desigual. Esto no puede ser más lógico y racional teniendo en cuenta los distintos grados de su respectiva culpabilidad.
 
Pero vamos a precisar en una conclusión algunos detalles interesantes.
 
Las penas del infierno son muy desiguales según el número y gravedad de los pecados cometidos. (De fe divina expresamente definida.)
 
Es una exigencia elemental de la divina justicia. No sería justo castigar con la misma intensidad a los que pecaron en número y grado muy distintos. Es cierto que las penas del infierno son eternas para todos los condenados, y en este sentido todas son iguales en extensión.
 
Pero la intensidad de las mismas varía infinitamente según el número y calidad de los pecados cometidos. Y así:
 
a) La pena de daño, como mera privación que es, no admite más o menos considerada objetivamente o en sí misma; pero caben distintos grados de apreciación subjetiva, como hemos explicado.
 
b) La pena de sentido admite también grados. Porque, como explica Santo Tomás, el fuego actúa en el infierno como instrumento de la divina justicia y, por lo mismo, con el grado de intensidad que ella le señale.
 
La graduación de los castigos infernales será de tipo genérico, atendiendo a la gravedad del pecado cometido, sea cual fuese la naturaleza específica del mismo, y también específica, castigando de distinta manera las distintas especies de pecados.
 
Es natural que se castigue al soberbio con humillaciones inefables, al avaro con extremada indigencia y al voluptuoso con tormentos contrarios a sus pasados deleites.
 
La pena de sentido restablecerá el orden conculcado por el abuso de las criaturas. Parece natural, pues, que el fuego, instrumento de Dios para castigar esos abusos, atormente en directa relación con ellos.
 
¿Hay que tenerle miedo al infierno? nº21
 
PARA SALVARTE
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SACERDOTE JESUITA
 
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Saturday, November 5, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 12 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE
EL INFIERNO PARTE 2
PENA DE DAÑO
 
Lo principal del Infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad. Eso es lo fundamental del Infierno.
 
La pena de daño del infierno consiste en la privación eterna de la visión beatífica y de todos los bienes que de ella se siguen. (De fe divina expresamente definida.)

Dios es el centro del Universo, la plenitud total del Ser. En Él está concentrado todo cuanto hay de verdad, bondad, belleza… y de felicidad inenarrable.
 
El Infierno es perder ese océano de felicidad inenarrable para siempre, para siempre, para toda la eternidad.
 
Esto es lo que constituye la entraña misma de la pena de daño.
 
Consiste en la privación. Empleamos esta palabra en su pleno sentido filosófico. No se trata, en efecto, de una mera carencia de algo indebido al hombre, sino de una verdadera privación de algo que, con la gracia de Dios, hubiera podido alcanzar. Y así, por ejemplo, en el orden puramente natural, no es ninguna desgracia que el hombre no tenga alas para volar (simple carencia, de algo que la naturaleza humana no exige), pero sí lo es carecer de ojos para ver (privación de algo que el hombre debiera tener).

La pena de daño es objetivamente la misma para todos los condenados; pero admite, sin embargo, diferentes grados de apreciación subjetiva. (Sentencia común en teología.)
 
Considerada en sí misma, la pena de daño es la misma para todos los condenados, ya que es igualmente para todos la privación total y definitiva del Bien supremo.

Pero, desde el punto de vista de la aflicción que reporta a los condenados, difiere según el grado de culpabilidad de cada uno de ellos. Cuanto más culpables fueron, tanto más fuertemente son torturados por ella, porque han caído tanto más profundamente en ese tenebroso y terrible abismo del alma y sienten con mayor intensidad el vacío infinito causado por el alejamiento de Dios.
 
Cuanto más ha pecado un condenado, más se ha alejado de Dios. La pena de daño tiene por finalidad precisamente castigar el pecado en cuanto que por él el pecador se ha alejado de Dios. El condenado siente, pues, en proporción a sus pecados, el peso de la maldición de Dios, que se aleja a su vez de él y le rechaza de su presencia.

El condenado sufrirá tanto más cuanto tendrá una más grande capacidad y una mayor necesidad de gozar. Las gracias recibidas y despreciadas han aumentado en él esta aptitud y esta necesidad en proporción a su número.
 
Cada gracia, en efecto, fue un llamamiento de Dios, una invitación a conocerle y amarle mejor. Fue, al mismo tiempo, una luz y un medio para llegar a ese grado de conocimiento y de amor fijado por Dios. Por consiguiente, esa gracia creó en el alma una más grande disposición para este conocimiento y amor, y, por una consecuencia natural, una más grande necesidad de conocer y de amar a Dios. Luego a tantas gracias como el pecador haya rechazado corresponden otros tantos grados inalcanzados de aptitud y de necesidad de amar y de poseer a Dios. Cada gracia despreciada ha cavado más hondamente el abismo eterno en el que el alma se ha hundido.

Los más culpables son, pues, más aptos para sentir la privación del Bien supremo; así como en el Cielo, los más santos entre los elegidos son más aptos para gozar de la presencia y de la posesión de Dios. La gracia de la que se han aprovechado los santos y ha producido en ellos sus frutos, ha aumentado su semejanza con el divino ejemplar. Esta mayor o menor perfección en la conformidad con él es lo que les hace más o menos capaces de gozar de la divina esencia. Del mismo modo, el desprecio de las gracias y los pecados acumulados han aumentado en los condenados su grado de desemejanza con la infinita pureza y santidad de Dios. Y esta mayor o menor oposición al Bien supremo es lo que les hace sentir en mayor o menor grado su privación y diferencia en ellos la pena de daño.
 
Dios es la esencia misma de la bondad y de la felicidad substancial. La desgracia de su privación se mide, pues, por el grado de oposición que el condenado tiene con relación a este Bien supremo, al que las gracias recibidas tendían a aproximarle, mientras que esas mismas gracias despreciadas tienden a alejarle más y más.

Del mismo modo, pues, que los elegidos gozan tanto más en el Cielo de la visión beatífica cuanto mayores fueron sus méritos, así los condenados sufren en el infierno tanto más de su privación cuanto mayores fueron los crímenes con que están manchados.
 
La pena de daño consiste secundariamente en la privación de todos los bienes que se siguen de la visión beatífica. (De fe divina, implícitamente definida.)
 
Lo que constituye primaria y esencialmente la pena de daño es la privación eterna de la visión beatífica, o sea, del goce fruitivo de Dios como objeto de nuestra última y suprema felicidad. Pero como consecuencia natural e inevitable priva también, secundariamente, de todos los demás bienes accidentales que la visión beatífica lleva consigo.

Los principales:
 
1. Exclusión eterna del Cielo, o sea de la verdadera patria de las almas, cuya belleza, claridad, esplendor, magnificencia, amenidad, suavidad y felicidad que produce en el alma, ninguna inteligencia humana es capaz de expresar. Los condenados son unos exilados eternos de su verdadera patria.
 
2. Exclusión de la compañía y suavísima familiaridad de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María, de los Ángeles, Santos y Bienaventurados del cielo, con todos los goces e íntimas alegrías que de esa compañía se desprenden. 
 
3. Privación de la luz con la cual los Bienaventurados del Cielo contemplan la hermosura de todas las cosas naturales, el mundo de los seres posibles y el esplendor y magnificencia de la gloria de los bienaventurados.

4. Pérdida para siempre de todos los bienes sobrenaturales que hayan recibido de Dios: la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, etc. No habrá más excepción que la del carácter sacramental (el que imprimen los sacramentos del bautismo, confirmación y orden), que continuará eternamente en los condenados para su mayor vergüenza y confusión en medio de aquella sociedad de enemigos irreconciliables de Dios.
 
Privación de la gloria del cuerpo, que consiste en aquella maravillosa claridad, agilidad, impasibilidad y sutileza que brillarán eternamente en los cuerpos de los bienaventurados, y que los propios condenados tendrán ocasión de contemplar, en el paroxismo de la rabia y desesperación, el día del juicio final.

PENA DE SENTIDO
 
La segunda especie de penas que sufren los condenados del infierno se conoce en teología con el nombre de pena de sentido, porque el principal sufrimiento que de ella se deriva proviene de cosas materiales o sensibles.
 
Afecta, ya desde ahora, a las almas de los condenados, y, a partir de la resurrección universal, afectará también a sus cuerpos. No se trata, pues, de una pena puramente corporal, sino que afecta también y muy principalmente a las mismas almas.

A la pena de daño del infierno se añade la llamada pena de sentido, que atormenta desde ahora las almas de los condenados y atormentará sus mismos cuerpos después de la resurrección universal. (De fe divina expresamente definida.)
 
Nótese que no hablamos ahora de la naturaleza de la pena de sentido (o sea, si esa pena consiste o no en el fuego, si este fuego es real o metafórico, etc.), sino únicamente de la existencia de una pena llamada de sentido, distinta de la pena de daño, y que atormenta ya desde ahora el alma de los condenados y atormentará también sus cuerpos después de la resurrección universal. Y decimos que, entendida de este modo, es de fe divina expresamente definida por la Iglesia.
 
La pena de sentido consiste principalmente en el tormento del fuego. (De fe divina expresamente definida.)
 
Nótese que no hablamos todavía de la naturaleza real o metafórica del fuego del infierno, sino únicamente de la existencia de un tormento que el Evangelio y la Iglesia designan con la palabra fuego. En este sentido la conclusión es de fe.

El fuego del infierno no es metafórico, sino verdadero y real. (Completamente cierta en teología.)
 
No se prejuzga todavía la cuestión de la naturaleza del fuego del infierno (o sea, si es o no de la misma especie que el de la tierra, etc.). Afirmamos únicamente que la palabra fuego no se emplea en un sentido puramente metafórico (como se emplea, v.gr., la expresión «gusano roedor» para significar el remordimiento de la conciencia), sino en un sentido verdadero y real.
 
Se trata de un fuego cuya verdadera naturaleza se desconoce en absoluto, pero que ciertamente no es metafórico, no es una mera aprehensión intelectual del condenado, sino algo exterior, objetivo y real que existe de hecho fuera de él.

Existe una decisión oficial de la Iglesia en torno a la realidad del fuego del infierno. Se trata de la respuesta de la Sagrada Penitenciaría, con fecha 30 de abril de 1890, contestando a una pregunta de un sacerdote de la diócesis de Mantua.

El caso propuesto era el siguiente:
 
«Un penitente declara a su confesor que, según él, las palabras fuego del infierno no son más que una metáfora para expresar las penas intensas de los condenados. ¿Puede dejarse a los penitentes persistir en esta opinión y absolverles?»

La Sagrada Penitenciaría contestó: 
 
«Es menester instruir diligentemente a esos penitentes y negar la absolución a los que se obstinen»
 
Nada se puede afirmar con certeza acerca de la verdadera naturaleza del fuego real del infierno. (Sentencia más probable en teología.) 

¿Qué es y para qué sirve la Penitenciaría Apostólica?
 
Fray Isidoro Gatti: Es un tribu­nal apostólico que tiene com­petencia en el fuero interno, o sea, sobre todo lo que di­ga respecto a la conciencia de los fieles, ya sea para la abso­lución de ciertos pecados re­servados a la Santa Sede como para dispensas que también se reservan a ella. La Penitencia­ría Apostólica se ocupa ade­más de la concesión de indul­gencias. Por ejemplo, hace po­co fue concedida una indul­gencia especial para el Año de la Eucaristía. El responsable de la Penitenciaría Apostólica es un cardenal, llamado Peni­tenciario Mayor y nombrado por el Papa. Nosotros, los con­fesores, somos “penitenciarios menores”.

El fuego del infierno es un fuego real y corpóreo, en cuanto que es un agente material que no existe tan sólo en la mente de los condenados, sino en la objetiva realidad, y atormenta a los réprobos como instrumento de la divina justicia.
 
Pero, sobre su naturaleza y sobre el modo de atormentarlos, nada se nos dice en la Sagrada Escritura o en el magisterio de la Iglesia, y nada, por consiguiente, es de fe.
San Agustín confiesa que sobre esta cuestión son diversas las opiniones de los santos y nadie puede saber cuál sea su verdadera naturaleza o de qué modo obra en los condenados. (De civitate Dei, 21, 10).

Los teólogos están también divididos en dos opiniones principales. Los antiguos, con Santo Tomás a la cabeza, y parte de los modernos creen que el fuego del infierno es de la misma especie que el de la tierra, aunque con ciertas propiedades diferentes, principalmente en cuanto que no necesita combustible para alimentarlo, atormenta a las almas además de los cuerpos y atormentará eternamente a los réprobos sin destruirlos (Suplemento, 97, 6.).
 
De cualquier naturaleza que sea, el fuego del infierno atormenta no solamente los cuerpos, sino también las almas de los condenados. (De fe divina expresamente definida.)
 
El hecho de que el fuego del infierno atormenta a las mismas almas es una verdad de fe. Consta claramente en la Sagrada Escritura que los demonios padecen la pena del fuego (Mt. 25, 41) y lo mismo las almas separadas (Lc. 16, 24).
 
La Iglesia ha definido expresamente que «según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales» (Denz. 531).
 
Serán atormentados mayormente en los sentidos con los que más pecaron. Lo más triste es que no pueden hacer nada para cambiar tan terrible castigo por toda la  eternidad.
 
eres...TU